Profesores Fundadores
Por: Paulino Arreola Arreola
Aunque el magisterio es una institución grande, unida y poderosa en sí misma, tanto por sus fines como por sus componentes, existe dentro de este peculiar conglomerado una gran diversidad de profesores y profesoras. Hay docentes que se mueren en la trinchera después de acabarse las uñas y la vista frente al pizarrón durante toda una vida. Hay profesores y profesoras cuya vida magisterial transcurre en las labores loables de defender los derechos y las conquistas laborales de los trabajadores al participar en comisiones y puestos sindicales y/o políticos. También los hay, aunque mínimos casos, pero lamentables, aquellos que nunca entendieron la profesión del docente y sólo se dedicaron a: “ir a trabajar” y al: “ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos”. Afortunadamente, también existen los Maestros de Maestros que cada año engendran y pulen las habilidades pedagógicas de las nuevas generaciones de docentes que van a engrosar las filas del magisterio en las regiones aisladas del estado y del país. En fin, existe en México y en el mundo una gran cantidad de trabajadores de la educación con diversas funciones, actitudes y rutas que cada día persiguen como su apostolado. Sin embargo, hoy me concretaré a escribir acerca de esa rara especie de docentes que, teniendo casi todo lo necesario para trabajar en su salón de clases como docentes o en sus escuelas como directivos, deciden ir en busca de cosas nuevas o extraordinarias, aunque no tenían qué hacerlas. Me refiero a los maestros fundadores de escuelas.
Los maestros fundadores son aquellos que dejan la “comodidad” de su centro de trabajo en donde se desenvuelven para irse a fundar escuelas en lugares en los que a veces ni terreno propicio existe para “echar a andar” un nuevo plantel escolar. Aparentemente ellos no tienen necesidad de ir a fundar escuelas porque ya trabajan en una que no necesariamente es la escuela ideal porque siempre tiene carencias de diversa índole, pero que les da cobijo y les inspira a hacer siempre algo más en beneficio de la escuela y de la comunidad en la que está inmerso su centro de trabajo.
¿Qué los motiva a dejar sus grupos o la dirección de sus escuelas ya establecidas para irse a levantar censos de población, inscribir alumnos, llenar varios kilogramos de documentación y en agosto empezar las clases al aire libre, sin salones, sin sanitarios, sin mobiliario, sin la seguridad de que la Secretaría de Educación Pública les enviará profesores? ¿Qué satisfacciones encuentran en dejar lo conocido para irse a la escuela de Nueva Creación que ni nombre ni clave de identificación tiene al principio? ¿Qué hace que ellos dejen todo lo que tienen para irse a donde no tienen nada más que el sol del mes de agosto que les calcina la piel por la falta de por lo menos un árbol bajo cuya sombra poder cobijarse?
Aquellas y muchas otras preguntas me hago cuando intento comprender la ideología y la fuerza que mueve a los maestros fundadores, y que seguramente todas ellas dejaré sin contestar porque yo nunca tuve el valor -o la locura- de irme a fundar una escuela. Tendré que preguntarles a los dos únicos que me ha tocado conocer: me refiero a los profesores Lorenzo Peña Bañuelos y Jacinto Canales Carrillo.
Lorenzo y Jacinto tenían doble plaza, ambos eran directores y profesores de grupo y tenían muchos proyectos en proceso en sus escuelas. Habían demostrado ser tan buenos maestros que en muchas ocasiones chocaron con sus compañeros porque sus ideas iban a veces más allá de lo que todos estaban dispuestos a hacer y otras veces quizás porque sus proyectos no fueron entendidos a cabalidad. Hubo proyectos en los que fueron líderes y otros en los que siguieron al líder sin chistar. Siempre quisieron lo mejor para sus escuelas, pero un día dejaron todo para irse a volver a empezar.
El día que fui a conocer la escuela de Nueva Creación que Jacinto estaba fundando en Riberas del Bravo, se me humedecieron los ojos al ver el estado tan deplorable y las condiciones en que se encontraba el avance de su centro de trabajo. Jacinto tenía un terreno muy grande que el fraccionamiento había destinado para que se construyera la escuela, según la ley establece. En el centro del terreno había un viejo escritorio que en alguna escuela habían desechado. Ahí estaba el “profe” Jacinto, inscribiendo alumnos cuyos padres hacían fila desde temprano para que sus hijos tuvieran un lugar asegurado a pesar de que el año escolar estaba ya iniciado. Aquel viejo escritorio era todo el mobiliario existente y Jacinto parecía ser parte del inventario.
-Inscribe todos los niños que lleguen -le había dicho a Jacinto alguna autoridad educativa en el mes de febrero, justo en el período de inscripciones anticipadas-, ya veremos como les damos acomodo en agosto.
Sin embargo, al iniciar el ciclo escolar no había en donde acomodar a los novecientos cincuenta alumnos procedentes de muchas colonias de la ciudad para estrenar sus casas. El Profe Jacinto apartó unos noventa niños y se fue a una esquina del terreno escolar, el profe Trini hizo lo propio y se llevó a más de cien a una lomita justo en el centro del lugar. La maestra Iris Arminee y el profesor Pedro Luis, recién contratados y desempacados de la escuela Normal del Estado apartaron sus propias lomas o esquinas y ahí empezaron a dar la lección con los niños sentados en la arena hasta la hora en que el sol empezó a hacer estragos en todos ellos. Luego todos se marchaban con mucha tarea para volver al día siguiente con la esperanza de encontrar ya los salones móviles y los sanitarios prometidos.
Los progenitores molestos diariamente iban y venían desde la “escuela” hasta las oficinas de la Coordinación de Primarias y siempre los regresaban esperanzados y satisfechos con las respuestas recibidas:
-Les vamos a traer salones móviles por mientras se construyen los salones fijos, sólo faltan algunos trámites legales, ya que los salones están siendo transportados desde los Estados Unidos –les informaban.- Les vamos a enviar suficientes profesores para que atiendan a sus hijos, no se preocupen.
Algunos padres comentan que el problema fue creado por los constructores del fraccionamiento, ya que ellos deberían incluir en su presupuesto el costo de la construcción de la escuela. Otros dicen que la culpa la tiene el gobierno por autorizar la construcción de fraccionamientos nuevos sin todos los servicios, incluida la escuela. Algunos padres molestos dicen que el problema es de las autoridades educativas, pues no previeron el problema que se avecinaba por la construcción de doce mil viviendas nuevas. Las causas y los culpables podemos ser todos, incluidos los maestros fundadores que se atrevieron a inscribir alumnos sin tener la infraestructura necesaria para recibir a tanto alumno al inicio del ciclo escolar.
¿Será que estos maestros están empeñados en trabajar en la escuela ideal y consideran que la única manera de lograrlo es construyéndola desde sus cimientos para hacerla a su gusto? ¿Por qué gastan sus energías y sus dineros en fundar una escuela en la que ni siquiera podrán escoger a los profesores, ni a los padres de familia, ni a los niños para hacer la escuela ideal?
A pesar de no tener la más remota idea de las razones que mueven a los maestros fundadores, me atrevo a dar gracias a todos ellos y deseo sinceramente que nunca dejen de existir. Pues gracias a gente como ellos yo puedo tener una escuela en donde trabajar, y mi hijo una escuela a la que puede asistir para seguir construyendo los cimientos de su vida. No debemos olvidar que las miles de escuelas existentes, a todo lo largo y ancho de nuestro país, iniciaron con un atrevido que no tenía necesidad de hacerlo ni llevaba un beneficio particular al dejarlo todo para empezar de la nada.
Después de algunos intentos fallidos en mi reflexión para encontrar las motivaciones de los maestros fundadores, me doy cuenta que no es posible llegar a una conclusión y en cambio prefiero quedarme con la idea de que ellos son los más ilógicos de todos nosotros, quizás hasta un poco locos. Pero reconozcamos que los ilógicos y los locos son los que a lo largo de la historia han hecho que las cosas sucedan. Recordemos pues hoy a un Guillermo Prado, a un Carlos Urquidi Gaytán, a un Félix Manuel Carrasco Almaraz, a un Lorenzo Peña Bañuelos y a un Jacinto Canales Carrillo como seres ilógicos que se atrevieron a realizar empresas colosales por su voluntad, porque, como ya lo dije, no tenían por qué hacerlo.
Finalmente, me atrevo a aseverar lo siguiente: ningún profesor que lea este artículo podrá negar que, directa o indirectamente, tiene empleo en una escuela gracias a alguien que un día tuvo el valor de hacer lo que parecía imposible, lo que nadie más haría, lo que dábamos por hecho, pero que alguien tenía que hacerlo. Gracias maestros fundadores, gracias maestros extraordinarios.
28/10/2009
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Comentarios:
adanarreola: Gracias por compartir este artículo. ¿Tendrá alguna imagen para acompañarlo?
| 28/10/2009